viernes, 14 de octubre de 2011

Duwies

Era un jueves gris. Las gotas empezaban a asomarse y la niebla aplastaba todo deseo de salir. Aún dudo si había luces aquella noche, pero sus ojos cargados de rabia alumbraban más que cualquier luna.
Ella nunca hablaba, nunca sonreía, solo arañaba sus pasos hasta un almacén noche tras noche, hombre tras hombre distinto, de esos que, si no hubieran conocido el alcohol, hubieran sido gente atractiva y respetada, y hoy no hubieran sido víctimas de aquella gélida mujer.
Pero había algo distinto en ella aquella noche, algo más salvaje en su mirada, algo que incrementaba todo deseo que ella provocaba, algo tan temido y seductor en cada gramo de su cuerpo.
Se acercó a ella un hombre, el más atractivo que tocaron sus manos jamás. Ella le llevo hasta el viejo almacén y le arrancó la camisa con una sonrisa. Por primera vez, él pudo contemplar lo bella que era. Su cabello se arremolinaba hasta su pecho resaltado por las cuerdas de su vestido, sus labios se pintaban de sangre, sus piernas le rodeaban desde arriba y su mirada le recordaba lo tarde que era para escapar de allí...
Ella empezó a desatar cada cuerda de su vestido atándolas entre las gruesas muñecas de aquel hombre y las cuatro varas metálicas del suelo, que parecían conocer su altura. Teniendo así a su hombre completamente desnudo e indefenso, empezó a recorrer su cuerpo con sus manos, con su boca, centrándose en cada punto más exótico y él, excitado e impotente empezó a desearse dentro de ella.
Ella deslizó la lengua por la punta de su miembro y se dispuso a cabalgarle. Se sentía deseada e intocable, como una diosa del pecado que le arañaba, le mordía, le sentía tan suyo...
Cuando él estaba a punto de llegar a lo más alto, ella bajó y empezó a servirse su placer. Sacó su daga de su ropa interior y mordiéndola con deseo, pasó sus manos por el pecho desnudo de aquél hombre de manera descompasada a su respiración.
Empezó a penetrarle la punta metálica por la piel, despacio, disfrutando cada segundo de aquel momento. Él empezó a gritar, y a ella se le nubló la vista de placer.
Lamió cada gota de sangre, cada raja, cada gramo de su cuerpo que fue producto de ese placer descontrolado. Disfrutaba de cada gota de aquel hombre.
Sabía a sudor y deseo. A sangre y odio. A alcohol y miedo. Ese sabor era el que le gustaba, el que buscaba sin éxito cada noche en hombres de taberna que no apreciaban su vida.“El sabor del deseo” le susurró ella con infinita ternura mientras le prestaba un poco de la sangre que tenía en los labios.
Él empezaba a helarse y ella disfrutó de aquel momento hasta que no quedó gramo de esperanza en sus ojos.

2 comentarios:

  1. Sin duda sería interesante si se tuviera mas que una vida ,¿es lo suficientemete grande el deseo como para dar el todo por una noche? O es algo que siempre quedara en la mente

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  2. en muchos casos el placer de asesinar y el placer sexual están relacionados,y se ve que este caso es uno de ellos. Me gustaría ser ese hombre excepto por lo de que muere y le hace unas cuantas rajas en la pielxD un beso guapa

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