Nos hemos alejado de nuestro futuro, tú, que dijiste que el tiempo era tuyo, se te escapa de las manos el presente por pensar en un mañana.
Nos hemos alejado de nuestros ideales pues nunca los tuvimos: siempre fuimos cómplices de nuestros impulsos, mas no existe el tiempo perdido,ya que lo recobramos con cosas que nunca existieron, pero todas las hemos vivido.
Nos hemos alejado del mundo, porque nunca quiso moverse a nuestro lado, y ahora tu y yo somos distintos: somos nosotros y nunca más volveremos a serlo.
Mañana seremos diferentes, mañana no nos conoceremos.
Sünde
lunes, 16 de enero de 2012
viernes, 14 de octubre de 2011
Duwies
Era un jueves gris. Las gotas empezaban a asomarse y la niebla aplastaba todo deseo de salir. Aún dudo si había luces aquella noche, pero sus ojos cargados de rabia alumbraban más que cualquier luna.
Ella nunca hablaba, nunca sonreía, solo arañaba sus pasos hasta un almacén noche tras noche, hombre tras hombre distinto, de esos que, si no hubieran conocido el alcohol, hubieran sido gente atractiva y respetada, y hoy no hubieran sido víctimas de aquella gélida mujer.
Pero había algo distinto en ella aquella noche, algo más salvaje en su mirada, algo que incrementaba todo deseo que ella provocaba, algo tan temido y seductor en cada gramo de su cuerpo.
Se acercó a ella un hombre, el más atractivo que tocaron sus manos jamás. Ella le llevo hasta el viejo almacén y le arrancó la camisa con una sonrisa. Por primera vez, él pudo contemplar lo bella que era. Su cabello se arremolinaba hasta su pecho resaltado por las cuerdas de su vestido, sus labios se pintaban de sangre, sus piernas le rodeaban desde arriba y su mirada le recordaba lo tarde que era para escapar de allí...
Ella empezó a desatar cada cuerda de su vestido atándolas entre las gruesas muñecas de aquel hombre y las cuatro varas metálicas del suelo, que parecían conocer su altura. Teniendo así a su hombre completamente desnudo e indefenso, empezó a recorrer su cuerpo con sus manos, con su boca, centrándose en cada punto más exótico y él, excitado e impotente empezó a desearse dentro de ella.
Ella deslizó la lengua por la punta de su miembro y se dispuso a cabalgarle. Se sentía deseada e intocable, como una diosa del pecado que le arañaba, le mordía, le sentía tan suyo...
Cuando él estaba a punto de llegar a lo más alto, ella bajó y empezó a servirse su placer. Sacó su daga de su ropa interior y mordiéndola con deseo, pasó sus manos por el pecho desnudo de aquél hombre de manera descompasada a su respiración.
Empezó a penetrarle la punta metálica por la piel, despacio, disfrutando cada segundo de aquel momento. Él empezó a gritar, y a ella se le nubló la vista de placer.
Lamió cada gota de sangre, cada raja, cada gramo de su cuerpo que fue producto de ese placer descontrolado. Disfrutaba de cada gota de aquel hombre.
Sabía a sudor y deseo. A sangre y odio. A alcohol y miedo. Ese sabor era el que le gustaba, el que buscaba sin éxito cada noche en hombres de taberna que no apreciaban su vida.“El sabor del deseo” le susurró ella con infinita ternura mientras le prestaba un poco de la sangre que tenía en los labios.
Él empezaba a helarse y ella disfrutó de aquel momento hasta que no quedó gramo de esperanza en sus ojos.
Ella nunca hablaba, nunca sonreía, solo arañaba sus pasos hasta un almacén noche tras noche, hombre tras hombre distinto, de esos que, si no hubieran conocido el alcohol, hubieran sido gente atractiva y respetada, y hoy no hubieran sido víctimas de aquella gélida mujer.
Pero había algo distinto en ella aquella noche, algo más salvaje en su mirada, algo que incrementaba todo deseo que ella provocaba, algo tan temido y seductor en cada gramo de su cuerpo.
Se acercó a ella un hombre, el más atractivo que tocaron sus manos jamás. Ella le llevo hasta el viejo almacén y le arrancó la camisa con una sonrisa. Por primera vez, él pudo contemplar lo bella que era. Su cabello se arremolinaba hasta su pecho resaltado por las cuerdas de su vestido, sus labios se pintaban de sangre, sus piernas le rodeaban desde arriba y su mirada le recordaba lo tarde que era para escapar de allí...
Ella empezó a desatar cada cuerda de su vestido atándolas entre las gruesas muñecas de aquel hombre y las cuatro varas metálicas del suelo, que parecían conocer su altura. Teniendo así a su hombre completamente desnudo e indefenso, empezó a recorrer su cuerpo con sus manos, con su boca, centrándose en cada punto más exótico y él, excitado e impotente empezó a desearse dentro de ella.
Ella deslizó la lengua por la punta de su miembro y se dispuso a cabalgarle. Se sentía deseada e intocable, como una diosa del pecado que le arañaba, le mordía, le sentía tan suyo...
Cuando él estaba a punto de llegar a lo más alto, ella bajó y empezó a servirse su placer. Sacó su daga de su ropa interior y mordiéndola con deseo, pasó sus manos por el pecho desnudo de aquél hombre de manera descompasada a su respiración.
Empezó a penetrarle la punta metálica por la piel, despacio, disfrutando cada segundo de aquel momento. Él empezó a gritar, y a ella se le nubló la vista de placer.
Lamió cada gota de sangre, cada raja, cada gramo de su cuerpo que fue producto de ese placer descontrolado. Disfrutaba de cada gota de aquel hombre.
Sabía a sudor y deseo. A sangre y odio. A alcohol y miedo. Ese sabor era el que le gustaba, el que buscaba sin éxito cada noche en hombres de taberna que no apreciaban su vida.“El sabor del deseo” le susurró ella con infinita ternura mientras le prestaba un poco de la sangre que tenía en los labios.
Él empezaba a helarse y ella disfrutó de aquel momento hasta que no quedó gramo de esperanza en sus ojos.
Desde tu infierno
Átame y no me digas como,
llena mis ojos de rabia,
déjame solo con tu mirada,
dame un beso y róbamelo todo.
Destroza mi mundo como ya sabes,
asesina mis noches con tus palabras:
siempre perduran todas las que callas
y aún más las ganas de que hables.
Pero aún mantengo las ganas de que vuelvas
y que sea todo como antes.
de que sean tus brazos quienes me aten
y el deseo sea quien me envuelva.
llena mis ojos de rabia,
déjame solo con tu mirada,
dame un beso y róbamelo todo.
Destroza mi mundo como ya sabes,
asesina mis noches con tus palabras:
siempre perduran todas las que callas
y aún más las ganas de que hables.
Pero aún mantengo las ganas de que vuelvas
y que sea todo como antes.
de que sean tus brazos quienes me aten
y el deseo sea quien me envuelva.
Fireblood.
Mis manos arañando lo prohibido, en mis uñas rastros de tu piel.
Ahórcate entre mis medias, ahógate con tus palabras. Tengo aquí dos balas: una es para tí y otra por si falla.
Es tu pecho mi arte, que si a mi no quieres atarte, te ataré yo para caer en la tentación, para que sea mi placer tu sangre y tu dolor.
Si con amor no sirve, será mi obsesión tu perdición. Cada raja de tu pecho será el sexo vacío que me diste, que la sangre lo calló.
Sea tu piel encima de la mía, sea tu voz quien me domina.
Y será tan grande tu excitación que la gasolina te envolverá y el fuego no te causará dolor.
Ámame y te daré lo que nadie; Ódiame, y te daré la mejor noche de tu vida.
Y mientras el daño va dejándote solo poco a poco, el deseo de venganza se hace aún mas fuerte.
Ahórcate entre mis medias, ahógate con tus palabras. Tengo aquí dos balas: una es para tí y otra por si falla.
Es tu pecho mi arte, que si a mi no quieres atarte, te ataré yo para caer en la tentación, para que sea mi placer tu sangre y tu dolor.
Si con amor no sirve, será mi obsesión tu perdición. Cada raja de tu pecho será el sexo vacío que me diste, que la sangre lo calló.
Sea tu piel encima de la mía, sea tu voz quien me domina.
Y será tan grande tu excitación que la gasolina te envolverá y el fuego no te causará dolor.
Ámame y te daré lo que nadie; Ódiame, y te daré la mejor noche de tu vida.
Y mientras el daño va dejándote solo poco a poco, el deseo de venganza se hace aún mas fuerte.
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